Perú. Suenan las alarmas

Por DANIEL CAMPIONE

Un dirigente político peruano, ex candidato a presidente y periodista, acaba de convocar a una alianza “cívico-militar” para desconocer al futuro gobierno de Pedro Castillo, según difundió la agencia EFE.

El dirigente Alfredo Barnechea, anunció que la pelea contra la elección de Castillo “no termina en la proclamación” del ganador y dijo, refiriéndose a la Junta Nacional Electoral: “Ese jurado es un jurado espurio y su proclamación no termina la pelea, no vamos a aceptar a un presidente nulo (sic), vamos a pelear y no vamos a reconocer el fraude.”  

Completó la idea con la convocatoria a “un gran Gobierno de transición nacional para hacer unas nuevas elecciones generales limpias, sin fraude, porque el Perú no se va a rendir al comunismo”.

Cabe aclarar que el autor de esas declaraciones no es un marginal de la política. En las elecciones de 2016 fue candidato a presidente por Acción Popular, un partido de derecha de larga trayectoria, el mismo que llevó al gobierno al dos veces presidente Fernando Belaúnde Terry. Es cierto que la conducción actual del partido desautorizó sus opiniones a las que tildó de “antidemocráticas”.

Lo de Barnechea no sería tan grave si constituyera una acción aislada. Ocurre que desde la candidata presidencial derrotada, Keiko Fujimori, a variados dirigentes y voceros de la derecha llaman a desconocer los resultados y a dejar de lado el sistema constitucional. Poco les importa que la unanimidad de los observadores internacionales no haya encontrado ninguna irregularidad, reafirmando su confianza en la autenticidad de los resultados. Tampoco les hace mella que medios gubernamentales de la Unión Europea, EE.UU, Gran Bretaña y Canadá  respaldaron esas manifestaciones y mostraron aprobación por la limpieza de todo el proceso.

¿Qué sería lo terrible,  de la asunción y posterior gobierno de Castillo para las clases dominantes y sus voceros políticos? De movida no se le perdona ser indio, pobre, proveniente de la siempre postergada región de la Sierra. Tampoco que haya sido candidato por un partido de raigambre marxista como Perú Libre. Menos aún, que proponga un cambio constitucional y algunas reformas en beneficio de las clases populares. De nada valen los mensajes apaciguadores de algunos asesores y allegados al nuevo presidente. Se agita con impunidad el fantasma “comunista”, se procura sembrar el miedo.

El golpismo no es sólo un fantasma

Lo que ocurre en definitiva es similar a lo que ya ha pasado en otros países de América Latina. Los sectores del poder real y sus servidores en el plano de la institucionalidad política no están dispuestos a tolerar ni el amago, siquiera en el plano discursivo, de alguna afectación de sus intereses. Más aún, no se proponen esperar a que algo de eso ocurra, sino que lanzan una acción preventiva que incluye la perspectiva de un golpe.

Hoy la prioridad inmediata debe estar en defender los resultados de la votación. Y que una vez asumido el nuevo presidente pueda tomar decisiones y  ejercer su gobierno sin el acoso  permanente del golpismo. Eso requiere movilización popular continuada y solidaridad internacional muy activa. Se juega una batalla importante, para el futuro del Perú. Que puede marcar rumbos para otros países del continente.

Además de la perspectiva de la lucha cabe una reflexión. Cada vez queda más relativizada la creencia de que el paso a un régimen constitucional de los distintos países de Nuestra América constituía una vuelta de página definitiva respecto al pasado de golpes de Estado y dictaduras cívico-militares.

Está cada vez más claro que el poder económico, social, político y cultural permite el “libre juego de las instituciones” mientras haya gobiernos más o menos de su gusto. O incluso sólo hasta que las elecciones encumbren partidos, coaliciones o figuras que no son de su paladar. En caso contrario recurre a sus peores artes. La demonización de quienes toman como adversarios, procesos judiciales sesgados, destituciones mediante juicio político, rebeliones “populares”, presiones respaldadas por la fuerza armada para arrancar renuncias. Lo hemos visto en Brasil con Lula y Dilma Rouseff y con Evo Morales en Bolivia, para citar a los casos más flagrantes. Todo vale, hasta el respaldo a un advenedizo que oscila entre el grotesco y el genocidio como Jair Bolsonaro.

¿Hacia donde vamos?

Estamos frente a una amenaza cada vez más cercana a la soberanía popular y a las libertades públicas en nuestros países. El impulso hacia su profunda distorsión o su avasallamiento liso y llano marcha aunado con la perspectiva de profundizar cada vez más la ofensiva contra las condiciones de vida de trabajadores y pobres.

Ante esa situación no puede caber la confianza en ninguna institución establecida. Quienes tienen el poder están una vez más, o mejor sería decir, como siempre, dispuestos a implantar el reinado de la barbarie para defender un orden social de injusticia y desigualdad creciente. Su creencia en la democracia se circunscribe a la plena legitimación de sus intereses por la vía electoral. Sólo el camino de la lucha popular, de la concientización masiva sobre los peligros reinantes, puede llegar a cerrarles el camino.

No se puede bajar los brazos un momento. No basta con la “batalla de ideas” ni con la construcción de hegemonía a mediano o largo plazo. El desafío es hoy. Se necesita tomar nota y actuar.

Daniel Campione

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