¿Cómo, con quienes, para qué un frente?

La izquierda argentina tiene una larga historia de frentes y alianzas pasajeros, sin
continuidad en el tiempo o con duración acotada, reemplazados luego por otros sin
coherencia con los anteriores, ni en integrantes, ni en visión estratégica.

-También se han vivido y se viven experiencias de acuerdos más duraderos, pero
remitidos a la conformación de listas conjuntas de candidatos, cuyo sustento incluye la
no existencia de entendimientos para compartir y orientar las luchas populares, para
disputar el poder en sindicatos y otras organizaciones sociales. A menudo ni siquiera
hay concierto para la propaganda electoral y cada fuerza participante produce su
propia publicidad, con la promoción de los candidatos que le pertenecen y relegación o
“ninguneo” de los de otros partidos participantes.

-Un capítulo penoso de la mayoría de estas alianzas es la disputa despiadada por los
lugares en las listas, acompañada a menudo por la selección de candidatos hecha con
la mirada puesta en las estructuras partidarias y no en la sociedad, sin mayor
preocupación por integrar a personas que sean dirigentes sociales, referentes
intelectuales o impulsores de luchas sociales sentidas y conocidas en el propio territorio
donde se los postula. Incrementan lo lamentable de las reyertas por candidaturas el
hecho de que muchas veces se asiste a “batallas campales” por el tercer o cuarto lugar
en casos en que es problemática y hasta muy improbable la obtención del cargo
incluso para el primero de la nómina.

-La conformación de acuerdos, el diseño de programas comunes y plataformas
electorales, la determinación de listas de candidatos, no puede recaer en las remanidas
prácticas de la negociación a puertas cerradas, de las “fumatas blancas” alcanzadas
entre gallos y medianoches, con sólo unos poquísimos teniendo arte y parte en las
mismas. No más anocheceres entre rumores de que “las conversaciones están muy
avanzadas”, “falta acordar sólo algunos detalles”, seguidas al día siguiente por millares
de afiliados, simpatizantes y potenciales votantes que se enteran por el periódico
partidario o la prensa hegemónica de los resultados de la “rosca” en la que no
participaron y cuyas premisas, desarrollo y conclusión, les resultan un misterio
insondable para los no iniciados. Sobre todo porque el colofón invariable son las
“sorpresas” de todo tipo, en general desagradables, que suscitan las justificadas
reacciones del tipo de “y a ese quién lo conoce”, “está de nuevo después de todas las
barbaridades que hizo”, y la peor “cómo un luchador incansable como fulano y
mengano, a quien todo el mundo quería a la cabeza de la lista, no está por ningún
lado”, o las atinentes al programa o plataforma
“cómo pudieron escribir eso de nuevo”, “será posible que otra vez no aparece nada
sobre…”.

-Así se reproducen prácticas consideradas «normales» entre partidos tradicionales, pero
que no deberían ser admitidas entre organizaciones que se asumen revolucionarias.
Son comportamientos que tienen que ver con una mirada que no articula lo electoral
con las perspectivas estratégicas. También con la ambición de ocupar lugares de alta
visibilidad como forma de allegar ventajas para el propio partido, sin preocuparse por
los logros que puedan proporcionar a la causa de los trabajadores y las clases
subalternas. Asimismo juega un papel la carencia de una perspectiva plural y frentista
para el mediano y largo plazo, por lo que la convergencia electoral es vivida como un
mero episodio táctico, subordinado a la convicción de que la organización propia es la
única dotada de una perspectiva revolucionaria y de un compromiso real con las
luchas sociales, a partir de la cual el crecimiento del propio partido y el debilitamiento
o la extinción de los otros sería el mejor de los futuros posibles.

-Todo se explica como expresión de un estrecho “vanguardismo” que descree de la
productividad de los debates, de la confluencia de tradiciones políticas, culturas,
intereses e inquietudes diferentes, a favor de un pensamiento que se supone único
merecedor del favor popular, en base a posicionamientos doctrinarios definidos de una
vez y para siempre. Nada habría que revisar y modificar, nada que actualizar a tiempos
y situaciones nuevas, nada que aprender de miradas disímiles y hasta opuestas. Sólo
lucha pura y dura por la hegemonía en el campo propio. Si las masas no responden a
las propuestas, se las culpabilizará por su “insuficiente grado de conciencia y
organización” que las hace “permanecer en las garras de la ideología burguesa” de las
que habría que sacarlas por la más reiterada e intensa de las prédicas, siempre igual a
sí misma.

-Esas prácticas deberían ser superadas por una visión que centre la política de alianzas
en la tradición del “frente único”, con vocación de continuidad, asentado en los
comunes intereses de clase, orientado de modo primordial al combate contra el
adversario social y político y no centrado en las disputas al interior del propio campo.
Esa concepción lleva siempre a una valoración positiva de los grados de unidad
alcanzados y a la búsqueda permanente y consecuente de la ampliación de los mismos,
expresada tanto en el acercamiento de nuevas agrupaciones e individuos y, sobre todo,
en el ensanchamiento de la mirada, en la comprensión y asunción de cada vez más
problemáticas y reivindicaciones, en la remoción de viejos prejuicios o ideas superadas
que impiden o dificultan la inclusión de sectores importantes de los movimientos
populares.

-Todo eso no implica el deslizamiento hacia la superada política de “frentes populares”
siempre dispuesta a dar participación y muchas veces a ceder la conducción, a sectores
de la burguesía o a los que, sin pertenecer a esa clase, no comparten, o directamente
combaten, el propósito de alcanzar una salida a las desigualdades e injusticias que
destruya y supere con otras relaciones sociales al explotador y alienante sistema
capitalista. La idea de “acuerdos mínimos” meramente coyunturales es útil e incluso
indispensable para alcanzar grados de unidad de acción que den fuerza a las luchas
sociales y faciliten su crecimiento y la acumulación a partir de ellas, pero deben ser
diferenciados (y subordinados a) la búsqueda de los objetivos estratégicos, que
requieren una confluencia general y duradera, superadora de las visiones cortoplacistas
y del “toma y daca” entre distintas reivindicaciones sectoriales.

– El incentivo y crecimiento de la iniciativa popular debe estar en la base de toda
construcción frentista. Las preguntas de ¿quién toma las decisiones? ¿Quién adopta el
programa? ¿Quién dirige las luchas? no pueden tener otra respuesta que “la voluntad
del colectivo”. Ni un pequeño grupo de dirigentes, ni una elite a la que se supone más
esclarecida y mejor organizada puede ni debe suplantarla. La búsqueda de una
democracia sustantiva, a desplegar en todo tiempo, lugar y ocasión, tiene que ser un
compromiso irrenunciable. La ampliación de la autonomía de las masas no puede ser
una utopía postergada hasta la construcción de una nueva sociedad. Los
comportamientos antidemocráticos y elitistas desarrollados en el “llano” se mantienen y
crecen si se alcanzan espacios de poder. La experiencia histórica lo enseña hasta la
saciedad. El fortalecimiento del colectivo no niega la necesaria formación de dirigentes
capaces de asumir responsabilidades con iniciativa, que se correspondan con ese
desarrollo de la dirección colectiva. La dirección colectiva no es una ameba
indiferenciada sino una dialéctica de enriquecimiento de los colectivos y de las
subjetividades personales.

-En el caso de que haya candidatos electos a cargos nacionales, provinciales o locales,
comienza un nuevo y decisivo capítulo. El de cómo se articula la relación entre los
elegidos, la militancia que sustentó su búsqueda electoral, y los votantes que los
llevaron al cargo. Ese vínculo no puede sino partir de un cuestionamiento radical a la
noción convencional de la “representación política”. La idea de que la ciudadanía vota y
después el diputado o concejal decide según su voluntad, supuesta portadora
iluminada de las necesidades de sus electores, o de acuerdo al saber “experto” de sus
asesores o de las imposiciones de un partido, que nunca consulta a sus bases, tiene
que ser rechazada, y denunciada en cuanto es uno de los núcleos de la dominación de
la burguesía, proyectada al ámbito político institucional.
La propuesta de un frente sustentado en auténticos mecanismos democráticos debe ser
no la del “representante” sino la del “delegado”, sujeto a sus propuestas de campaña, a
las indicaciones e instrucciones que se les brinden en todo momento por los
mecanismos que se acuerden, y susceptible de ser “revocado” en cualquier momento
por incumplimiento del mandato o por utilización del cargo en beneficio propio o de sus
allegados políticos y personales. Por supuesto el despacho legislativo debe ser de
“puertas abiertas” y estar dispuesto todo el tiempo a recibir las inquietudes y
propuestas, así como las protestas e impugnaciones sobre su accionar, ambas con
idéntica disposición de tiempo y voluntad de recepción y comprensión. Pero también, y
tal vez más importante, a salir a la búsqueda de las necesidades, demandas y reclamos
de los ciudadanos, en particular del distrito por el que fueron elegidos. El diputado
nacional debe atender de preferencia al pueblo de su provincia, el provincial al de la
zona que lo eligió, el concejal a la circunscripción o subdistrito del que proviene.
Eso es basamento fundamental de una “delegación” genuina y democrática. El
“delegado” ante las instituciones del sistema no debe reproducir los mecanismos de
selección o de exclusión que practican los políticos tradicionales. No debe privilegiar
nunca a los que “saben” sobre los que se supone que no tienen conocimiento, a los que
son prestigiosos o famosos sobre los anónimos, a los que manejan la “cocina” política u
organizacional sobre las mujeres y hombres “de a pie” Ni sucumbir a las presiones de
quiénes despliegan legitimaciones indemostrables o tratan de imponer sus fluidas
“relaciones” e “influencias”. El delegado a los cargos institucionales NACIONALES,
PROVINCIALES O LOCALES impulsa la democracia participativa como mecanismo de
gestación, elaboración, ejecución, de las diversas propuestas de leyes y políticas. El
delegado “manda obedeciendo”, es decir, desarrolla la capacidad de interactuar
creativa y dialécticamente con los diversos colectivos sociales, barriales, político
institucionales, para canalizar la construcción de poder popular y sortear o enfrentar
los diversos poderes facticos y tráficos de influencias.

-El propósito de la política de frente no puede estar limitada o centrada en los logros
que puedan obtenerse dentro de los confines de la institucionalidad parlamentaria. Al
contrario, la disputa debe darse en todos los ámbitos sociales, la consecución de
mejoras concretas en campos sectoriales y locales ser vistas como posibles hitos en el
avance a una sociedad nueva, la ampliación del campo de los derechos sociales y
democráticos de las clases explotadas un objetivo permanente y siempre susceptible de
continuidad y expansión.

-La perspectiva de unidad impulsada desde la izquierda, para ser auténtica, requiere
colocar la prioridad en la identificación con la clase obrera y el conjunto de los
trabajadores, tanto asalariados como sometidos a otras formas de explotación y
opresión, a partir de una perspectiva que no se aparta de considerar a la lucha de
clases como motor de la historia. Pero llevamos décadas aprendiendo, a veces de modo
trabajoso y contradictorio, que las identidades e intereses de clase no agotan ni mucho
menos el contenido de las acciones que debemos llevar a cabo ni el de las
transformaciones a las que podemos y debemos aspirar.
Venimos de largas épocas (los 70’ para no ir más lejos) en que los pobres excluidos del
mundo del trabajo y del consumo eran despreciados como “lumpenproletariado”, las
cuestiones familiares y de pareja remitidas a un “mundo privado” en el que las
organizaciones sociales y políticas no tenían nada que decir, y las reivindicaciones
feministas, ecológicas, étnicas, campesinas, de opción sexual, remitidas a
“contradicciones secundarias” cuando no a “falsos problemas” que desviaban de la
centralidad excluyente que debía tener la perspectiva clasista, además entendida de
modo estrecho, con una mirada economicista. Esa cortedad de miras, que hace unas
décadas ya constituía una rémora lamentable, un retraso respecto al pensamiento y la
acción de los pioneros y los grupos más avanzados dentro de las izquierdas sociales,
políticas y culturales del mundo De mantenerse hoy constituye una negación
inadmisible, una ignorancia deliberada y petulante de décadas de lucha de
movimientos amplios, con vastas capacidades de organización, acción y reflexión que
han superado obstáculos puestos por el sistema, resistencias del sentido común
conservador y de los prejuicios arraigados y fomentados durante siglos, y también de la
soberbia e incomprensión de quienes debieron ser solidarios compañeros de sus
sufrimientos, sus luchas y su construcción de un pensamiento crítico.

-Hoy no deben quedar ni rastros de un pensamiento que veía al rock como “penetración
cultural imperialista”, al hippismo y otras expresiones contraculturales como
“desviaciones que sumían a la juventud en el hedonismo y los vicios”, al disfrute pleno
de la sexualidad como un “refinamiento pequeñoburgués impropio de luchadores
revolucionarios”, y un comportamiento en que unas “drogas” cuyo carácter pernicioso y
prohibición eran definidos por el poder imperialista mundial, eran condenadas por
militantes que se intoxicaban con abundante alcohol en las diversiones que a ellos se
les antojaba definir como auténticamente “populares” o “proletarias”.

-No podemos, no queremos ser un frente “políticamente correcto”, limitado a los
“buenos trabajadores”, los “buenos ciudadanos”, amantes de la familia tradicional, el
estudio disciplinado, la cultura hegemónica disfrazada de “progre”, los entretenimientos
y diversiones mayoritariamente aceptados. La izquierda necesita de modo
imprescindible nutrirse de multitudes de obreros y trabajadores, del movimiento
estudiantil, de las organizaciones juveniles. Todos ellos forman parte protagónica e
indispensable de su desarrollo desde el siglo XIX. Pero también debe nuclear a los
pobres de toda pobreza, a los marginados, los soñadores incomprendidos, los
homosexuales, lesbianas y trans, a las putas, los artistas antisistémicos e innovadores,
a la bohemia cuestionadora, a toda suerte de irreverentes y excluidos, a todos los
considerados indeseables, desagradables por la moral y la estética burguesa. Un
auténtico frente transformador tiene que hablarle a todos los despreciados y
postergados, por su discapacidad, por sus enfermedades, por su etnia, por su gordura,
por su “fealdad”. Todos los que el capitalismo echa o quiere arrojar fuera de sus límites,
negar, reducir a silencio, o a pintoresca reliquia del pasado, o que “protege” y “defiende”
desde la hipocresía compasiva o una perspectiva de limitada “integración” y
“tolerancia”, son nuestros compañeros.

-Se han cumplido tres décadas en que un frente, lamentablemente de duración breve y
no exento de muchas limitaciones y miopías, formuló y difundió una consigna
espléndida en su claridad y sencillez “arriba los de abajo”. Es hora de retomarla, y
también la idea, también enunciada y difundida por entonces, de que el “abajo” tenía
una conformación múltiple, plural, cruzada por los problemas, sufrimientos, luchas y
visiones más diversas. También entonces se decía como corolario propagandístico “meta
pueblo en el Congreso”, y esa frase desnudaba las carencias. No se trata de “meter
pueblo” en tal o cual institución, sino de construir y ocupar espacios desde dentro, con,
junto o a partir del “pueblo”. Con sus omisiones y errores aquellas consignas marcaron
que no se necesita hablar únicamente de “imperialismo”, “FMI” y “monopolios” (hay que
hablar y mucho de todo eso, por supuesto) para marcar el camino de la unidad, la
comprensión, la acción y el pensamiento de conjunto. Se necesita transformar
cotidianamente la cultura, hasta que arriba y abajo dejen de constituir referencias de
sentido común.

-El camino está abierto, los senderos de la unidad no son compatibles con “la oposición
constructiva”, “la búsqueda de la gobernabilidad”, “la “ética republicana”, “el
crecimiento con inclusión”, “el país normal”, “la igualdad de oportunidades”, “la
tolerancia multicultural”, el “realismo de lo concreto y lo práctico”, “la prudencia y
moderación en los planteos”, “la modernización indispensable” “el incremento de la
productividad” “la educación que aumente las posibilidades de empleo”, “las imparables
transformaciones tecnológicas”, las “innovaciones agrícolas que permiten alimentar a la
humanidad” “la seguridad del ciudadano de a pie”, “los derechos de la mayoría
silenciosa” y un largo etcétera de falsedades económicas, políticas y culturales que se
propalan todo el tiempo y alimentan al pensamiento conservador e incluso reaccionario,
al sentido común conformista, individualista, receloso de cualquier cambio, prejuicioso
ante todo lo que se aparte de los senderos conocidos, de las conductas pautadas por
quienes tienen el dinero y el poder.

– No podemos ser “la vida y la paz” a secas, sin puntualizaciones críticas. Tampoco “la
rabia”, aislada, desorganizada, desorientada sobre quiénes son los culpables y
beneficiarios de los abusos y atropellos que nos rodean todo el tiempo. Necesitamos
encarnar el anhelo de una buena vida y de una paz universal y duradera, pero
necesitamos el alimento de la rabia y la indignación colectivas, no cultivar los
extremismos gratuitos pero detestar con mucha más fuerza la “moderación”, la
“seriedad”, el “diálogo” siempre digitado por los dueños del poder. No es necesario
renegar en bloque y de una vez de la “democracia realmente existente”, el “patriotismo”,
o la “paz social”, sino de resignificar críticamente esos términos, incluso de rescatar de
modo creador los valores positivos que puedan albergar, de plantearlos como aspectos a
articular con una visión integradora y estratégica de una sociedad nueva. Sí debemos
proclamar, difundir, sostener nuestra incompatibilidad definitiva, nuestro antagonismo
inmodificable con el mundo del capitalismo, de la “cultura occidental”, de la
“civilización” que superaría supuestos “atrasos” y “primitivismos”, de la opresión
patriarcal, del “progreso” y el “desarrollo económico” que destruye o monopoliza los
bienes comunes y el medio ambiente.
Por un frente unido, de alcance estratégico, de larga duración, de ampliación
permanente, de diversificación incansable. Con la puerta cerrada para siempre al
reformismo que busca la adaptación al sistema, a las corrientes burguesas que buscan
aliados subordinados para mantener e incrementar sus ganancias y/o su predominio
político y cultural. No somos el 99% como se decía en EE.UU hace unos pocos años.

Pero deberíamos y podríamos serlo, ya que es muy reducido el número de los
beneficiarios plenos del sistema, de los inspiradores y los dueños del “modelo”
productivo explotador, de consumo destructivo, de comunicación monopólica e
idiotizante, de educación elitista, de salud y de cultura mercantilizada que padecemos.
En el largo, en lo posible en el mediano plazo somos “nosotros” y no “ellos”. En lo
inmediato, nos espera la lucha incansable, y también la alegría de los logros obtenidos,
de las mejoras y los derechos conquistados, de las libertades alcanzadas e implantadas
con solidez y alcance universal.

Una vez más, y para siempre “Arriba los de abajo” y “Para todos, todo”.

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